Hace
unos días me he adentrado en lo más profundo de la caverna, en la zona más
oscura y fría de esta. Me resultó fácil encontrar el camino, hacia casi cuatro
años que estuve allí por última vez, había dejado un pequeño cofre escondido
tras unas piedras. Lo deposité allí para que descansara de mi, lo destrozaba,
solo conseguía deteriorarlo, se encontraba muy deslustrado y ya apenas si me
gustaba, se estaba convirtiendo en una pesadilla nuevamente. Per él permanecía
inerte, sin apenas vida, nunca me dijo nada, nunca cuestionó ninguna decisión mía,
esperaba a que yo le mostrase el camino a seguir y así hacerme feliz.
Lo encontré frío, distante húmedo y
tembloroso, los dos lo estábamos. Queríamos que aquel encuentro fuera especial,
que nos uniera de nuevo como años atrás. No me guardaba rencor, yo lo sabia,
pero me encontraba triste de saber que después de mi abandono seguía esperándome
como el primer día, como una amante fiel.
Suavemente deshice los torpes nudos con lo
que lo até aquel día de ofuscación y fracaso, no quería dañar nada de lo que
hice aquella tarde en la que rompí nuestra íntima relación. La urna no se
movía, apenas si respiraba, aquel momento era tan especial que ninguno de los
dos quisimos romperlo, aquella magia fue única, volvíamos a encontrarnos
después de pasar por momentos muy especiales, y quería poner en su interior
parte de los recuerdos que tenía guardados para él.
Después de varios intentos libré a mi amigo,
a mi amante de sus ataduras, el momento fue largo, pero muy intenso, en pocos
segundos nos encontraríamos de nuevo, sin resentimientos ni odios, solos el y
yo, cara a cara, mirándonos fijamente, intentando adivinar que había sido de
cada uno de nosotros durante esos años en los que nos habíamos separado por mi
decisión unilateral y absurda.
La cuerda de rafia blanca ya estaba en el
suelo. Al disminuir la presión de la caja, se desprendió un saco que yo había
puesto en su interior para preservar los tesoros que cobijaba, y que aún
estaban húmedos en aquel crepúsculo donde nos separamos.
Pasó tiempo, fueron unos momentos muy
intensos, pero maravillosos, aquel gran reencuentro ocurrió en silencio, solo
se escuchaba de fondo el llanto de la guitarra de Eric Clapton interpretando
una balada que no consigo recordar.
Finalmente y después de despegar no sin
gran esfuerzo y dolor la tela que había quedado adherida a la pintura, pude
contemplar un espejo, un gran espejo en el que pude contemplarme. Esa imagen
que me devolvía y que yo odiaba tanto, estaba de nuevo frente a mí, su mirada
inquietante no me asustaba, nos conocíamos de largo…
Ya han pasado los primeros días con mi
joyero en los que había depositado aquellos tesoros, aquellos nimbos de algodón.
El reflejo de los cristales de plata iluminaba nuevamente mi estudio. Volvía a
pintar, y el segundo autorretrato del tríptico estaba mucho más adelantado de
lo que recordaba, así que sigo en el, recomponiendo, ilustrando y rellenando el
espacio de estos dos últimos e intensos años.
Llevo unas jornadas pisando esas nubes,
esos cirros que me hacen sentir, sobre todo eso, ¡me hacen sentir! pues la
ingravidez a la que me someten me liberan poco a poco de la opresión y el ahogo
de la vida terrenal.
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