LA MEMORIA.
DEFINICIÓN
DE MEMORIA:
La memoria es un proceso mediante el
cual somos capaces de recuperar la información que previamente hemos registrado
en nuestro cerebro.
DISTINTOS
TIPOS DE MEMORIA:
Atkinson y Shiffrin en los años 70
postularon la existencia de tres almacenes de memoria (teoría multialmacén o
teoría de la memoria múltiple).
La existencia de estos tipos de almacenes
no se ha podido demostrar experimentalmente, pero sí deducida a partir de las
investigaciones sobre lesiones cerebrales en la que ha resultado afectada.
- Memoria sensorial. En este almacén los datos se registran
con todo detalle durante unos breves instantes (1 ó 2 segundos) de una forma
bruta y no significativa, es decir, puede no tener ningún sentido para
nosotros. A pesar de ser tan breve, los recuerdos son muy precisos, casi
idénticos a los estímulos que los han provocado. La memoria sensorial incluye
diversos tipos de recuerdos procedentes de los distintos órganos sensoriales;
podríamos hablar de memoria sensorial visual, auditiva, olfativa, táctil y del
gusto. El olfato es el sistema sensorial más antiguo y primitivo: está
organizado de forma muy simple y los estímulos olfativos llegan rápidamente al
cerebro. Según las investigaciones recientes, existen conexiones importantes
entre el sistema olfativo y el sistema límbico y el sistema olfativo está
también estrechamente vinculado con los otros sistemas sensoriales (oído y
vista). Probablemente estas conexiones permiten que otros acontecimientos
queden asociados a los olores, lo que explicaría que la memoria olfativa tenga
un mayor contenido emocional que las demás memorias sensoriales y que cuando
recordamos un olor estemos recordando también el contexto emocional y sensorial
en el que lo percibimos la primera vez.
- Memoria a corto plazo La información es seleccionada y
almacenada en ella durante un periodo de 15-25 segundos (incluso unos pocos
minutos) y en una forma más significativa. Su limitada capacidad exige que las
nuevas informaciones vayan desplazando o empujando a las antiguas.
- Memoria a largo plazo: En este tipo de memoria la
información queda registrada de forma permanente, no se borra nunca, aunque a
veces resulta difícil de recuperar. Su capacidad es aparentemente ilimitada, en
ella nos cabe todo lo que queramos almacenar. También nosotros recordamos la
información organizándola en esquemas o temas generales. Para que los recuerdos
queden guardados en la memoria a largo plazo habrá que relacionarla con otros,
la nueva información tiene que conectarse necesariamente a otras que ya tenemos
para que se integren.
Quiero hacer
especial hincapié en la memoria sensorial, pues desde que intento plasmar mis
sentimientos plásticamente, mi búsqueda personal me lleva a verter sobre el
lienzo o el material que en ese momento esté trabajando mis emociones e
inquietudes, en definitiva todas esas sensaciones que me recorrieron cuando
viví aquella situación que quiero representar.
Después de más de treinta y cinco años,
sigo empeñado en ello, estudio, diseño y pienso, pero sobre todo medito mucho
sobre la posibilidad de poder transmitir todo ese cúmulo de ideas en la obra,
cosa que me sobrepasa y me desespera, pues mis pensamientos van mas rápido que
mi mano, y cuando empiezo a cristalizar una idea, ya la ha enterrado la
siguiente. Esta situación hace que ni yo mismo pueda comprender el verdadero
significado de la obra, que queda casi siempre inconclusa, pues siempre falta
el último pensamiento, la última ráfaga de aire fresco.
En mi constante búsqueda de la belleza, de
la armonía artística, comencé a dibujar del natural, en la calle, como ya he
comentado en otras ocasiones, esta nueva ventana me obliga a ver como cualquier
persona, me obliga a sentir la urbe tal cual es, fría y abrupta, sin
sentimientos ni emociones, dibujo ladrillo y hormigón, sin ningún adorno
externo, sin pasión, sólo líneas duras y espacios vacíos. Intento transmitir
ese trozo de ciudad, que yo he recortado, como lo haría un fotógrafo, es sólo
un fragmento de naturaleza muerta. Mido y borro hasta la extenuación, en cada
boceto invierto más de veinte horas de trabajo, llegando a más de treinta en
alguna ocasión.
Las tardes de los veranos transcurren así,
plácidamente paseando con mi cuaderno y mis lápices, dibujando y aprendiendo
cada día un poco más, ya me conocen muchas personas, hablamos y comentamos algo
sobre mi trabajo, pero la mayor parte del tiempo, son sólo conversaciones
banales, sin mucho contenido, aunque en ocasiones derivan en reflexiones más
profundas, como es el caso que paso a relataros.
Era un caluroso verano de agosto en Granada,
corría el año 2011 y me paré como en numerosas ocasiones a contemplar a otro “Urban
Sketchers”, pero no era un pintor cualquiera, este era nada más y nada menos
que el doctor Juan García Pedraza, profesor de dibujo de la Facultad de Bellas
Artes de mi ciudad. Mientras me recreaba con su obra, y charlábamos, me pidió
que le enseñara mi libreta, pues siempre él quiere ver mi trabajo. Apenas me
pone pegas nunca, pero siempre me hace algún comentario “magistral”, por
supuesto, aunque casi nunca soy capaz de aprovecharlo dada mi vanidad. Aquel
día, me preguntó la edad, pues según me dijo después, había unos cursos en la
Facultad, para mayores de cincuenta años y que estos me podrían interesar, a lo
que yo le respondí: “No quiero aprender a
dibujar, pues realmente, lo que a mi me interesa es plasmar sentimientos,
sensaciones en mis obras, y que dibujaba del natural para obligarme a ver la
realidad desde el otro punto de vista y así poder comparar y aprender a
expresarme.” Aquella fue mi última visita a Juan aquel verano, puesto que
me contestó como docente que es” Ya
estamos con lo mismo…”. Así que apresuradamente cerré mi cuaderno y me
despedí de él no sin antes contestarle: “Me
voy a mi casa, pues es la segunda cura de humildad que me dan en el mismo día y
en un intervalo de tiempo muy corto”.
Volviendo a la memoria como proceso, y a
la dificultad que tengo para expresar sobre un lienzo sensaciones, y que esas
representaciones, nos lleven al lugar y al mismo instante en los cuales recreó
su obra el autor, esto es lo que intento explicar en este breve ensayo.
La memoria sensorial incluye diversos
tipos de recuerdos procedentes de los distintos órganos, como ya exponía
anteriormente podríamos hablar de memoria sensorial visual, auditiva, olfativa,
táctil y del gusto. Aquí me encuentro que en mis obras no puedo aprehender más
que lo que el ojo pueda ver, y poco más, y esta es una dificultad añadida para
representar el universo sensual que nos fascina continuamente y con la que me
encuentro enfrentado diariamente.
Actualmente estoy terminando la segunda
obra de un autorretrato desglosado en un tríptico, no intento que sea una foto
como ya he expuesto, sino un compendio de mí mismo desde la introspección, así
que al no ser capaz de trasmitir un detalle que me gustaría pintar, lo hago con
mi pobre verbo, pues considero que
plásticamente me expreso más libremente, pues mi dilatada experiencia me hace
ser soberano.
Volviendo a
la memoria olfativa, me gustaría destacar, que se puede asociar un olor
a una imagen emocional, en cuanto que la emoción sea positiva, el olor será
evocador de bienestar; si por el contrario el olor se asocia a algo negativo
será evocador de inquietud y malestar. Los primeros recuerdos olfativos son los
más potentes en su capacidad para reactivar las emociones; dicho de otro modo,
cuanto más antiguo sea este recuerdo, más profundo será la emoción que
despierte. Por lo tanto, el olor actúa como un disparador rápido de recuerdos más que ver o escuchar,
así que a mi me hizo despertar hace dos días un recuerdo muy antiguo, de hace
más de cuarenta años, un olor que no me agradó en absoluto.
Estaba sentado como cada mañana frente a mi
ordenador, y súbitamente me llegó aquel aroma que desprendía mi abuela, y que
esporádicamente he podido reavivar a lo largo de mi vida, al ser desprendido
por muchas mas abuelas, este efluvio, que más bien se convirtió en hedor, así
era, invadía mi estancia, me impregnaba profundamente, tanto fue así que llegaron a saltárseme las lagrimas. Esto fue al descubrir el origen del mismo, pues me encontré
que procedía de mi propio cuerpo, ahora era yo el que olía a viejo, a rancio,
esos malditos olores que odiaba se habían apoderado de mi cuerpo, salían desde
mis entrañas. Aunque el primero de todos fue de mi sonriente y adorable abuela
Emilia, no dejó de ser un presagio, una mala visión en una mañana de otoño.
Finalmente
sólo me queda por decir, que los recuerdos nos pueden llevar a estos trances
tan íntimos que nos devuelven a la
realidad como un mazazo y esto sin posibilidad
de huida ni vuelta atrás.
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