Había ideas, proyectos, amanecía bien hoy,
es uno de Octubre, comenzaba mi nueva andadura en cuanto a mi formación,
llevaba dos semanas en clase de forja artística sin mucha ilusión ni gusto. Los
días pasaban lentos, fríos, acababa de entrar el otoño y la fragua no calentaba
lo suficiente el ambiente. Tampoco las miradas transmitían pasión, yo ya sabía
como funcionaba aquello y por eso me entristecía aún más.
Mis bocetos sin alma habían pasado por sus
manos, después de terminar, volvió a
mirar tres, cosa que me alegró, al menos los había visto y ya se podía hacer
una idea de cómo me expresaba artísticamente hablando, de cómo había tratado el
trabajo y mi forma de crear. Finalmente eligió uno y no me pidió que cambiara
nada, aunque yo se lo ofrecí (he aprendido a dejarme llevar por sus ideas,
puesto que prefiero trabajar a gusto de ellos que aguantar todo un proceso
creativo en contra de los planteamientos preconcebidos que puedan tener).
Pásalo a tamaño real y ya buscaremos los materiales con que podamos hacerlo.
Corta un trozo de papel de embalar de un metro de longitud y hazlo con el.
(Estas fueron las palabras de mi profesor de taller), así lo hice, es más aún
lo estoy haciendo esta mañana.
Empieza la tercera semana desde aquel primer
día en que resbalaba cueva abajo, la gelatina de suelo y paredes estaba casi solidificada,
y la mayoría de los reptiles empezaban a hibernar, aquello podía parecer una
comunidad “sui géneris”, pero así lo veía yo. La rudimentaria corporación
estaba en marcha, aún no de forma regular y autónoma, pero si estaba
desperezándose la gran mole. Al erguirse lentamente dejaba entrever las últimas
heridas aún sin cicatrizar, presentaba costras sanguinolentas y otras aún
purulentas, pero hordas de albañiles intentaban cicatrizar aquellas que aún podían
ser restauradas cauterizándolo todo para que pudiera esgrimir sus armas y
seguir aniquilando vocaciones.
Grandes andamios de bambú estratégicamente
colocados servían de soporte al monstruo, estas muletas debían de servir de
apoyo y futuro sustentación al animal, puesto que aún estaba muy débil, había
vivido todo el verano sin alimento ninguno y necesitaba alimentarse bien y
pronto. Estaban llegando los primeros fríos y lluvias y estos amenazaban con
quedarse durante todo el curso.
Este año yo debía estar mejor resguardado
que nunca, no tendría que visitar las mazmorras de las altas torres, allí donde
moran los crueles y sanguinarios verdugos. También sabía que mientras que
hubiera brasas en la fragua no se atreverían a dejarse ver por “el jardín de hierro forjado”. El fuego
sería su fin, éste purificará sus almas y perecerían para siempre sin terminar
la cruel venganza para la que habían sido creados.
En esta tercera semana de escuela, y
mientras escucho la Sinfonía n. º 9 en mi menor, Opus 95 (1893), también
conocida como Sinfonía del Nuevo Mundo de Antonín Dvořák, empiezo a ver la luz.
Bosquejo en mi mente un proyecto puente entre mi nueva etapa y la acabada,
estoy pensando hacer un libro, mejor dicho las tapas de un tomo en metal
forjado, cincelado y martilleado. Tengo cobre y zinc de gran calidad, de mi
etapa como grabador, que duró quince años, y aún hoy sigo haciendo alguna
pequeña xilografía. También dispongo de muchísimas planchas para ilustrar este
pesado y duro elemento. Espero poder aprender lo suficiente para presentároslo
pronto y podáis disfrutar conmigo este nuevo período que puede estar lleno de
hierro templado y dulce.
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