Sabía que nuevamente se iba a repetir, notaba la misma
sensación de soledad de desasosiego, siempre en el mismo momento de la
vigilia, un instante antes de conciliar el sueño. El estómago me avisaba
de que ocurriría nuevamente y poco podía hacer para remediarlo.
Nunca sucedía siguiendo el mismo patrón, aunque era mas frecuente
depuse de unos días de ocio, de un tiempo de desatención de las
obligaciones propias de la edad en que me encontraba en cada estadio de
mi pobre existencia.
En esta ocasión, como en cualquier otra,
normalmente de lado en la cama, apoyado en el costado izquierdo y por
supuesto con los ojos cerrados, divagando sobre los últimos proyectos a
ejecutar y justo antes de vencerme el sueño, estaba a punto de
repetirse, después de casi cincuenta años, irremisiblemente todo se
alineaba para volver. Lo sabia, nunca era igual, pero mis entrañas me
avisaban, mis músculos se relajaban y la respiración era lenta y
acompasada, era la calma que precedería a la tempestad.
Una
noche mas me encontraba a su merced, sin opción alguna de defensa, sabia
que lo mejor seria dejarme llevar, sumirme en la catalepsia en que
sabia envolverme después de haber perfilado un nuevo proyecto. Tenía el
secreto para liberar gran cantidad de endorfinas gracias al
autovanagloriarme después de haber creado una nueva meta para el día
siguiente, o al menos para un futuro próximo.
Llegó a ser tan
recurrente en una época que incluso me gustaba, pues siempre he tenido
una pequeña vena masoquista. Muchas veces he buscado el dolor psíquico
para así poder compadecerme de mi mismo, para poder autoconvencerse de
lo desgraciado que era aún en los mejores momentos de mi vida como es el
actual. Tengo mucho más de lo que necesito y merezco, mi vida es plena.
Una mujer maravillosa y guapísima a la que adoro me acompaña en todos
mis proyectos y despropósitos, apoyándolos en todo momento. Un trabajo
al que dedico el tiempo que me apetece y con el que consigo toda la
adrenalina que necesito para ser feliz. Estudio arte desde hace
bastantes años, cosa que me mantiene despierto y alerta, puesto que
siempre me ha gustado destacar y creo, sobre todo creo. Esa es la parte
más hermosa de mi día a día. Ya van para treinta y cinco años creando,
investigando y estudiando, en los cuales ha habido etapas muy
productivas como es esta en la que me encuentro. Momento actual muy
importante en mi actividad artística, donde he dado a conocer al mundo
parte de mi producción creativa.
No recuerdo cuando las
sensaciones se convirtieron en tangibles, pero si cuando las plasmé en
soporte físico. Tendría unos doce años cuando un día en clase de dibujo
nos propusieron hacer un retrato de nuestro padre. En ese momento me
decidí a transcribir en unos papeles mis inquietudes, mis miedos. Aun lo
recuerdo muy vivo. Era él en el primer tercio inferior, un busto con
pelo, barba puntiaguda, rostro enjuto e inexpresivo. No era él ni pienso
que nunca pretendió serlo, pues realmente lo que me interesaba era la
parte superior del conjunto. Allí estaba ese momento tan especial y
frustrante que me ha acompañado durante toda mi vida. Ahí intenté hacer
partícipe al mundo de mi yo mas profundo.
Un enorme ábaco en
escorzo que se perdía en el infinito y del que solo se vislumbraba una
bola y un solo alambre. Ese era el verdadero motivo de la obra. De él
pendía un cartel en el que rezaba una orden seca y rotunda “al colegio”
Este trabajo casi me cuesta un disgusto, puesto que en aquellos
entonces le gustaba ver mis dibujos, y al preguntarme por el tema del
mismo le dije que era él (siempre fui muy directo) intentó que le
explicara si realmente lo veía así, a lo que le respondí que no, que
solo era un trabajo para el colegio.
Este legendario
instrumento de cálculo era el preámbulo de mi caida vertiginosa y
vertical, el momento antes de pasar el dintel de la “no hay vuela
atrás”.
Cuando en la penumbra de mis pensamientos veo ese lejano
artilugio, casi inmaterial, de colores neutros o en blanco y negro
(realmente no lo se) es el momento en que se constriñen mis entrañas, se
que ya esta de nuevo el gran agujero al que me va a llevar la enorme
bola. Y a tal velocidad que me dejará totalmente aplastado contra el
colchón, sintiéndome insignificante e indefenso.
Ya todo vuelve a
repetirse, el mismo patrón, la misma desilusión, el mismo pesar y la
misma pena. Es el reconocimiento del fracaso, de la inutilidad de todo
lo hecho, que no es nada y finalmente la imposibilidad de realizar
nuevos proyectos, ya sean impuestos o deseados por mi.
Dejo
este relato inacabado, pues puede que algún día cambie de forma o
desaparezca conmigo para siempre, en cuyo caso descansará en vuestros
corazones uniéndose a vuestro sueños y anhelos, formándose así un nuevo
mundo onírico que nunca podré compartir, pues habría dejado huérfano mi
ábaco unimodular, mi ascensor unidireccional y automático. Ya nunca más
me llevará al fondo de mi propia alma.
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