Después de haber descansado toda las noche, después de haber
reposado la larga y dura semana, después de haber visto la cara de mi
profesor de edición de arte Manuel Magán cuando sacó un librito de su
sobre, el primero que puse en la cajita, una cajita que dulcemente
prepare para que pudiera deleitarse con mi pequeño tesoro.
Había
colocado ese libro el primero, quería ver su cara, su expresión,
intentar sondear el hierático rostro de mi amigo, quería escudriñar sus
sentimientos cuando abriera el maravilloso regalo para sus ojos que yo
le ofrecía.
Pasaba lentamente las hojas, tocando, oliendo,
sintiendo la dulce mano de mi amiga Sodi Gabriela que desde tierras
lejanas me ofrecía su dulce trabajo sutilmente envuelto en un halo de
magia y fantasía, de lejanos mundos por conquistar, de corazones
hambrientos. Era un mundo sin fronteras, un mundo abierto en el que las
distancias se habían reducido a un corto espacio de 10X10.
Pocas
horas después, ya de mañana, con la mirada relajada, con la mente
abierta a nuevas cuitas, me encuentro un mensaje de Cuernavaca (cuanto
evoca ese nombre.
Películas de western, que viéramos en nuestra juventud, de
grandes y verdes praderas, de suaves cabalgadas de caballos guiados por
sus jinetes). Que bonitas palabras, que ilusión contenida. Estaba
nuevamente en lo alto de la nube, en la luna azul que me envolvía desde
hacia varias semanas.
Gracias Sodi Gabriela por tus dulces y
emotivas palabras, gracias nuevamente por trasmitirme tan sutilmente tus
emociones y sobre todo gracias por incluirme en tu selecto grupo de
amigos.
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