Era la primera vez que me mandaban estudiar “de memoria”, recuerdo
por mi situación en el aula que rondaría los seis o siete años, “esta
tarde te traes aprendido de memoria el capítulo de Viriato” , me dijo mi
maestra Mari. Así lo hice, según llegue a mi casa me senté en la silla
de tapizado verde con estampados blancos a modo de pajitas y con mi pies
colgando me dispuse por primera a estudiar por primera vez de aquella
forma tan extraña.
Este contacto primero con el estudio fue
debido a mi gran memoria, que siempre utilizo con fines malvados que
atormentan mi espíritu, puesto que los recuerdos son tan frescos y puedo
retener tantos detalles que pareciera que fuera ayer el suceso,
condicionándome a la situación vivida en el momento que me ocurrió
aquello que se me antojaba rememorar. Al darse cuenta mi maestra de mi
condición, decidió dar un paso mas conmigo, cosa que se repetiria a lo
largo de mi vida.
El resultado no fue demasiado bien , pues si
el tema lo recordaba a la perfección, no lo había hecho según se me
habían indicado “ de memoria”, lo cual significaba nada mas y nada menos
que repetir el texto tal cual lo habían escrito.
En estos
recuerdos cercanos hay uno muy especial relacionado con mi familia, mas
en particular con mi padre, personaje que ya conocéis por alguna
historia, pero en esta mi progenitor me lleva por caminos que nunca mas
volví a dejar.
Como siempre mis hermanos Mariano (el mayor) y
Francisco (el tercero), en aquellos entonces éramos tres, nos
disponíamos a jugar después de haber colocado estratégicamente los
indios y pistoleros por el suelo, bien parapetados por todo tipo de
mobiliario y el “robón” (teníamos prohibido decir ladrón) en fuga, me
encontraba yo nuevamente con lo que pareciera miedo escénico, pues me
era imposible salir al primer acto del juego. Así era, nunca fui capaz
de ponerme con esos juguetes a construir una historia, no sabia como
manipularlos para conseguir una realidad que me llevara a disfrutar como
cualquier niño, como hacían ellos, se capaz de construir conversaciones
y guerras, de destruir fortificaciones y alzar nuevos conquistadores.
Solo y desesperado por mi ineptitud y necesitado de hacer el mal, solo
me quedaba pedir mis juguetes para desaparecer del lugar de las
rencillas de plástico, no sin antes haber dado alguna patada para
intentar boicotear el lugar de su disfrute.
Un día cualquiera
después de intentar por enésima vez jugar yo también y después de
descubrir nuevamente que “no sabia jugar” se me acercó mi padre (Paco),
semblante serio y con su voz ronca me dijo cogiéndome fuertemente del
brazo “siéntate en el sillón y no te muevas de ahí hasta que yo te lo
diga”. Misión cumplida, nuevamente castigado así si podía sentirme
desgraciado, incomprendido, podía estar enfadado con razón.
Aquella ocasión fue diferente a todas, se acercó a mí con un libro bien
gordo, aunque con el tiempo se convertiría en una novela y no demasiado
grande. Con su rictus característico, el bigotito estirado y el seño
fruncido me ordenó que leyera uno de los capítulos, el sexto para ser
más exacto, pues el autor había enumerado los capítulos del uno al
siete, siendo cada uno los pecados capitales, habiéndo preparado para mí
“la envidia”.
Con gran malestar y desidia me disponía a
eternizarme en leer aquella cosa que me obligaba. Debemos recordar mi
corta edad, nunca había leído más allá de tebeos con dibujos y lo
estrictamente escolar.
Supongo que tardé mucho en empezar a leerlo,
conociéndome estaría mirando mucho tiempo sin ver aquel capitulo que con
grandes letras capitales me recordaba que mi defecto era grande y debía
de purgarlo. Realmente nunca sabré si ese capitulo elegido fue por el
impulso de hacerme reflexionar, cosa muy difícil por mi edad o por el
contrario fue porque realmente el resto de los pecados y la forma de
relacionarlo en la novela era demasiado fuerte para mis pobres
entendederas.
En algún momento me di cuenta de lo delicioso que
resultaba leer, sentirme transportado a otros mundos a otras fantasías
diferentes de las que yo diseñaba. Ya todo fue distinto, desde entonces
devoré ávidamente todo lo que se me ponía cerca y en cuanto tuve edad me
saqué el carnet de la biblioteca pública, la cual visitaba asiduamente
todas las semanas, leyendo allí y sacando sistemáticamente tres libros a
la semana durante bastantes años. De los demás capítulos no recuerdo el
tiempo que transcurrió hasta que me dejara leerlos, tampoco importa.
Años después, realmente muchos años después encontré la fantasía que me
hizo introducirme en el maravilloso mundo de los libros, estaba en un
cajón de la casa que tienen mis padres en la playa, aun vivía el. Que
joya me acababa de encontrar, los siete pecados capitales, volví a
rememorar aquellos días, aquellas luces y sombras. Aun lo conservo y
mantiene todo el poder y la fantasía, pero obviamente muy apagada, muy
atemperada, pues la verdad es que era una novela muy ligera.
Mis hermanos siguieron jugando unos años mas, yo en ocasiones me
encontraba algo mas tranquilo y mis padres…Bueno mis padres en aquellos
tiempos eran eso, ni más ni menos que “mis padres”.
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