“El astrolabio es invención de los antiguos griegos pero se
olvidó en Europa y fueron los árabes quienes lo reintrodujeron en la
península Ibérica hacia el siglo XI. Desde ahí se extendió al resto de
Europa y a finales de la edad media y durante el renacimiento se uso
mucho………….”
Eran las palabras que mi padre, que me decía una
noche en la playa de Tauro en Las Palmas de Gran Canarias, noche
estrellada y arrullada por el constante romper de las olas a solo unos
metros de nosotros, mirábamos extasiados una magnífica luna llena recién
salida por el horizonte y sus plateados reflejos sobre el mar
Atlántico. Fue entonces cuando me indicó donde estaba la estrella polar y
la singular forma con que se orientaban los navegantes, según la
posición de esta y sus estrellas cercanas (las guardas).
Casi
cincuenta años después y situado mucho mas al norte, desde la ciudad de
Granada, volví a recordar con nostalgia aquellos breves momentos en los
que nos dedicaba su tiempo, dándonos clases magistrales que ya nunca mas
olvidaríamos.
Me quedé extasiado recordando aquel dulce
momento, aquella paz junto a nuestro guardián, aquel olor a tabaco
rancio que irradiaba mientras devoraba lentamente una colilla entre sus
labios, dedicándonos esa sonrisa socarrona, la misma que fuera
desapareciendo lenta pero inexorablemente hasta el final de sus días.
Era una enorme y redonda luna, maravillosa. Ya llevaba unos meses
interesándome más por este astro, pues preparaba un libro de artista
para intercambio con unos amigos.
Necesitaba conocer íntimamente
el satélite, quería conocer como era, que sentimientos me despertaba
para así poder transmitirlo yo al mundo por medio de unas imágenes
ensambladas en mi libro.
Entre mis toscas manos llevaba un
pequeño librito que me había llegado de México, era una pequeña y
hermosa maravilla finamente encuadernada en la que ya por fuera se
intuía que hermosas estampas iba a visualizar cuando abriera ese
cuaderno de viaje. ¿Hasta donde me llevaría?, posiblemente tan lejos
como quisiera, la Luna seria un buen destino. Verme a mi mismo volando,
portando tan delicioso bagaje en mis manos. Me dejaba llevar por la
nostalgia y la hermosura del momento.
En el interior de la obra
veo el corazón de Gabriela Sodi, un corazón abierto de par en par sin
miedo ni pudor, un corazón que ha sido capaz de compartir con todos, y
para que veamos las rutas de la vida, las rutas del corazón, las rutas
de su corazón, limpio y dulce.
Guardaré este libro con muchísimo
cariño junto a las demás maravillas que aun me van llegando, Es una
sensacional obra, no solo por la calidad técnica, sino por la
sensibilidad que demuestra su autora a la que desde aquí agradezco tan
sensible y profundo regalo. Un abrazo Sodi Gabriela.
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