En marinería un noray es una pieza de fundición o acero moldeado que se
dispone en los muelles para sujetar el buque en el puerto por medio de
cuerdas, cadenas o cables.
Esta pieza retiene la amarra mediante
un reborde. Es un elemento firme, inamovible, y su peso puede variar
desde los 500 Kg. hasta 1 tonelada.
Los modelos más antiguos se
fabricaban con hierro fundido, pero la corrosión era su gran enemigo,
actualmente se emplea aluminio o acero inoxidable por su mayor
durabilidad y resistencia a la corrosión.
La jarcia de amarre es
el conjunto de cabos y cables empleados en el amarre de un buque, que
mantienen a este pegado al muelle gracias al noray. Tanto los largos
como los travesines son cabos de fibra de polipropileno o equivalentes.
Los esprines se construyen de cable de acero con una estacha de
polipropileno en el extremo para darle mas elasticidad al conjunto.
Siempre me han llamado mucho la atención este elemento que resalta en
lo bordes de los muelles, ha sido un placer desde mi mas tierna infancia
pasear por las darsenas de los puertos, ver esas grandes moles flotando
sobre multicolores manchas de aceite que descomponian la luz en
infinitos colores que golpeaban mi primitiva pupila, moldeando la
sensibilidad que posteriormente alimentaria mi espiritu. Barcos por el
que resbalaba el cardenillo hasta depositarse suavemente sobre los
magníficos norayes que serpenteaban por todo el Puerto de la Luz.
Estos amarres de formas fantasmagóricas siempre me han fascinado,
cincuenta años después me he documentado sobre ellos para poder
extenderme en este relato. Principio y fin de todo viaje que se preciase
en la antigüedad, el punto de partida de todo emigrante, el ultimo
anclaje con el pasado y el primer puente hacia una nueva vida.
¿Qué forma tienen esas inmensas moles?, no seria capaz de describirlo,
pero lo que si se es que cada vez que veo uno, vuelvo a revivir esas
sensaciones que me llenan tanto, ese placer de sentir profundamente los
momentos especiales que me ha regalado la vida. Viendo esos edificios
flotantes de todos los colores, siempre malolientes, en lugares sucios y
solitarios, de noche y de día, con frío y lluvia o con un sol de
justicia. Ellos siempre esperando una nueva maroma que sostener, con su
herrumbre decorando su tocha envergadura hasta hacer desaparecer el
sello del fundidor.
Nunca sabré que es lo que me llama a
contemplarlos, a olerlos a rodearlos como si de una escultura se
tratara, y así intentar llegar a entender su triste soledad, les
preguntaría tanto… Nunca me he atrevido a hablar con ninguno, son
mayores, bastante mas que yo, rudos, si muy rudos, y es lógico, pues
tienen que lidiar con marineros de todas la banderas, unos borrachos,
otros enamorados, pero todos rudos, fuertes con grandes bíceps en sus
brazos, con sus camisetas a rayas, fumando jovialmente y con la mirada
siempre perdida, hundidos los grandes ojos rudamente enmarcados con
grandes cejas grisáceas que contrastan con su tez morena quemada por el
sol de largas singladuras.
Tras unos pocos minutos todo vuelve a
estar calmo, ya solo se oye el crujir de las cuerdas que amenazan con
romper el noray, el rechino de los cables de las grandísimas grúas
obsoletas que se desgajan en los diques secos y el suave golpear de las
bordes de los barcos contra las enormes gomas que protegen los bordes
del muelle, preciosos trozos negros sobresalen de los bordes. Al
desgajarse se ven los cables de acero que a modo de urdimbre mantiene el
conjunto unido al flexible caucho para componer una bonita sinfonía de
tonalidades lúgubres y apestosas, raramente hay algún cangrejo en las
proximidades de ellos que mas que animales parecieran mutantes.
Vuelvo a fijarme en las formas de estos elementos que desde lejos se me
aparecen como almenas de castillo, infranqueables y esquivos, pues solo
ya mas de mayor he podido tocarlos y disfrutar de su tacto, rozar con
mis uñas el tosco metal para intentar arrancar un trozo de orín para
llevármelo a mi nariz y sentir esa fuerte sensación de agobio unido al
miedo que me proporciona ese golpe fuerte, directo y seco a mi pasado.
El recuerdo más lejano que tengo de ellos no fue en mi etapa de
emigrante, pues tenía muy pocos años. Pero lo que si tengo muy viva es
la sensación del olor a diesel unido a ruido y calor, todo ello en
grandes dosis, me hace revivir la sensación de estar en la cubierta de
un barco, humedad en grado superlativo, mucho viento y sensaciones de
angustia, aun teniendo tanto horizonte frente a mi, solo podía sentir
una sensación de ahogo, no se podía respirar ni pensar ni andar, todo se
movía Todo se movía incluso días después de abandonar el barco.
Lo ultimo que ya pensabas después de abandonar el barco era en ese trozo
de hierro, no volverías a verlo ni a sentirlo hasta después de otra
visita a las familia, pero no era mas que un punto perdido del viaje, el
ultimo vestigio de la partida y llegada, algo que se repetiría a lo
largo de mi vida y que nunca había pensado que me subyugara tanto.
Siempre que voy a un puerto de mar paseo por sus muelles, no hay cosa
que ame más que ver un barco roto, oxidado, destrozado. Es maravilloso
ver las costillas desvencijadas de estos animales casi prehistóricos. Mi
mujer busca los barcos, le gusta encontrarlos antes que yo y decirme
“mira, seguro que te encanta ese barco destrozado”. Me gustan muchísimo,
no se que me evocan, pero esa paz que transmiten me dejan quieto,
reflexivo, meditabundo, en fin me quedo extasiado ante tanta maravilla
modelada por el paso del tiempo y la erosión.
Espero que cuando
veáis un noray seáis capaces de buscarle esa belleza interior que poseen
y que os dejéis arrullar por sus historias.
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