Nunca veo el futbol, nunca me gustó por eso creo que os
parecerá raro que hable de una final, esta era diferente a todas, me
refiero a la copa por supuesto, estaba bebiendo en mi copa de balón
brandy español, catalán para ser mas exacto. Repasaba las marcas que
había en la copa. Ya solo tomaba una, en muy contadas ocasiones repetía y
cuando esto pasaba repetía y mucho.
Sobre el cristal traslúcido
podía ver las marcas de labios, de regueros de saliva entremezclados con
los ríos tenues de la melaza en que se estaba convirtiendo el último
trago de Torres 10. El vapor interior del recinto hacia que escurrieran
finas gotas de agua que alcanzaban nuevamente el liquido ayudándolo a
recobrar su estado primitivo, aunque cada vez era mas oscuro y dulce.
La mano caliente envolvía el suave cristal de bohemia aforrándolo con
tal fuerza que ya tenía los dedos dormidos, miraba la televisión, como
siempre no sabía que estaban dando, supongo que eran imágenes en
movimiento, un repertorio de hiriente luz y color, para adormecer las
mentes de lo débiles.
Sabia que debía de tomar ínfimos sorbos,
posiblemente seria la ultima copa, estaba cerca ya el final de la
botella y difícilmente podría seguir reponiendo aquello que se estaba
acabando, la bodega la había vaciado demasiado pronto sin percatarme de
ello. No se veía bien en ella, algo hacia que al entrar en ella se
nublara todo, la luz tan pobre y las paredes oscuras para salvaguardar
los caldos que habían puesto allí para mí hacia imposible saber cuando
llegaría a tomar el último sorbo, pero aquello se veía vacío, no podía
haber mucho más. Donde antes descansaban maravillosos caldos ya solo
había telarañas y polvo, el paisaje era fantasmagórico y desolador, me
apresuraba siempre a aferrar la botella fuertemente y salía corriendo de
la lúgubre estancia, siempre cerraba la puerta de un golpe fuerte,
debía de olvidar ese momento y disfrutar de mi nueva botella; aunque con
el paso de los años los sabores habían mutado, ya las mas de las veces
eran amargos, ácidos, estaban llenos de podredumbre de despojos de los
propios frutos con que habían sido destilados.
Pasaba cada vez
mas tiempo sin atravesar ese dintel, pero en la siguiente visita la
estancia parecía mayor mientras que mi casa se estrechaba, se achataba.
Algo estaba pasando y yo me resistía a reconocerlo, aquellas copas se
estaban acabando, el dulce momento del descanso con el cristal en la
mano ya no era solo sino un puente tendido al último y amargo sorbo.
Algún día sabía que no podría salir más de la bodega, estaría tan
borracho que no encontraría la última botella, ya sin ella estaría todo
definitivamente perdido, el vidrio se secaría hasta cuartearse y
convertirse en un polvo dulce que alimentaria una nueva legión de ácaros
sin denominación de origen.
Este último agridulce sorbo espero
que cuando llegue lo disfrute con deleitación y que el sopor cierre mis
ojos suavemente y relaje mis músculos hasta que caiga mi copa y ya ni el
estrepitoso sonido de los cristales rotos me despierte.
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