Hoy la he vuelto a ver, iba por el senderito, como
siempre, con su paso firme y seguro, me encantaba sentarme al verla como
sonreía a todos, un saludo y proseguía su camino, su vestidito de
verano vaporoso y sus lindos zapatitos que envolvían suavemente sus
pequeños pies.
A pesar de que ya rebasó los cincuenta la sigo viendo igual, con
su melenita al viento y recorriendo los lugares donde fuera tan feliz,
por las laderas de los montes, por las riveras de los ríos. Sentada a la
sombra de los olivos milenarios escuchando el trinar de los pájaros, el
correr de las lagartijas a su paso, siempre hacia el mismo recorrido,
ya me lo sabía y me gustaba esperar para verla llegar con sus sonrosadas
mejillas y su amplia sonrisa dibujando y marcando aun más la redondez
de su cara.
Hacia años que ya no paseaba con sus amigas, con sus primas, con
las primas de sus amigas, ya siempre iba sola, pero el paso era el
mismo, la sonrisa era mas forzada, ya le costaba mirar directamente,
pero seguía viéndola igual, tímida y feliz por el senderito que lleva al
río, jugueteando con alguna rama o haciendo un pequeño ramito de flores
silvestres que luego colocaba en su pelo ya rizado, mejor arreglado,
pero mas corto.
Es cierto que estuvo algunos años sin pasear por el viejo y
polvoriento camino, ya no venía de vacaciones, ya apenas si la
recordaban algunos, poco se sabia de ella, había emigrado hacia años,
era lógico, siempre supe que seria algo en la vida, era la mas decidida,
la mas correcta y sensible del grupo que paseaba junto a mi verja
verano tras verano. Primero jugando, cuchicheando entre ellas, luego ya
con algunos chicos del pueblo, e incluso la vi cogida de la mano con
algún mozo, pero su paso era el mismo, sus veraniegos vestidos los había
cambiado por pantalones y el pelo siempre recogido en una elegante
coleta rematada con un pañuelo de seda a juego con su camiseta o con su
cinturón.
Sabia que vendría este año también, le gustaba la vendimia, se
había convertido en una mujer madura, pero muy jovial, sabia que
volvería a pasear por delante de mi verja, pero también pasaría por
delante de la casa de su abuela, siempre la veía pararse y coger aire,
la notaba intentar recordar los olores del café recién hecho de su
cocina, el olor a rancio que salía de los gallineros y conejeras. A
veces se sentaba en frente, esperando, intentando verla de nuevo con su
ropa negra, con su semblante tranquilo y su cara marcada por mil surcos
de su dura vida en el campo.
Sabia que volvería al cortijo a luchar por sus vinos por los que
tanto han trabajado y luchado, y que tan bien saben hacer. Esas viejas
viñas “vitis vinífera sylvestris” han dado su sabiduría para recrearnos
el paladar, para darnos esa chispa que nos hace ser un poco más felices,
un poco más habladores. Ese magnífico vino llamado “Cortijo de Montoro”
que dulcemente produce su hermano José Manuel.
Sabia que también visitaría el cementerio, cada vez había mas
cruces conocidas, cada vez era mas familiar y triste a la vez el
camposanto donde antes solo iba a jugar, ya las tapias no las usaba para
ponerse a la sombra, ni los altos cipreses eran tan gráciles, ahora
estos eran serios majestuosos y negros.
Sabia que vendría, que volvería a verla de espaldas mientras
giraba la ultima curva que la llevaba al puente que unía o separaba los
ríos, según queramos ver. Allí estaría ella sentada en el quitamiedos
de la carretera observando el disminuido caudal de agua que lleva el río
este verano.
Sabía que vendría, porque he visto a esa niña nuevamente en el
senderito. Allí estaba, como siempre de espaldas, con su vestidito
vaporoso, con sus zapatitos tan lindos que siempre llevaba, con su
melenita al viento. Había vuelto a verla, pero esta vez ella estaba
envuelta en un halo de misterio, estaba encerrada en innumerables
puertas cerradas, había que abrirlas todas para poder volver a
contemplarla, pero no solo eso, sino que además antes había que abrir
una coraza fuertemente anudada con correas de cuero y que solo dejaba
pasar el aire por unas rendijas abiertas a modo de gateras en las que se
podía leer una leyenda que ponía “SENDERITO”. Eso no era todo, aún,
para llegar a la armadura había que desanudar otra piel, esta piel de
chivo curtida y sin teñir era el primer envoltorio que protegía a la
niñita, a Reme, en ella se podía ver el mapa que dejó tras de si al irse
a Barcelona, un mapa como el del tesoro, hábilmente trazado,
fuertemente pirograbado en la piel, en su piel que se tensa cada vez que
deja nuevamente su Galera, su tierra.
Este maravilloso libro que tiene colgado Reme Domingo Martínez en
la red ha sido capaz de llevarme por su caminito dulcemente trazado,
para que todos viéramos su vida.
Agradezco profundamente a esta granadina universal tan
maravilloso regalo hábilmente facturado y realizado con tan grandiosa
sensibilidad.

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