Todo aparecía nuevamente oscuro y triste, se presentaba
otro día aciago en la tercera planta, ya solo podía ir mal la mejor de
las veces, ya no se creaba, nadie hablaba, el jovial ruido de los
pasillos hacia días que se había apagado, ya los estudiantes volaban
hacia tierras mas tropicales a realizar sus maravillosos proyectos
finales que luego serian masacrados por los reptiles y carroñeros que
sobrevolaban desde muy temprano por la estancia.
Las cuerdas
pendían soñolientas desde lo alto de las crucetas, ya no estaban los
tapices, habían sido retirados a zarpazos, mutilados y hecho jirones
para alimentar la soberbia de algún viandante. Restos de lo que fueran
guitarras, ojos, apacibles señoras tomando te habían sido devorados
lentamente por la mano del juez. Incluso esos lirios negros,
apesadumbrados y tristes de mi amiga Carmen habían desaparecido. Fue
todo tan rápido que lo único que sentí fue una ráfaga de aire frío, muy
frío. Sabia que el fin de todo había llegado, el suelo se cubrió de
marañas de pelos arrancados de los furiosos tafetanes que se aferraban a
la vida, esos nudos de alfombra se deshilachaban para sembrar el
terreno y prepararlo para la nueva cosecha de comenzaría en Septiembre.
Allí nuevas hordas de animales anidarían para que en primavera nacieran
los nuevos retoños con todo su esplendor. Pequeños animalitos que
crearan los que hasta ahora han sido mis compañeros.
Desde la
lejanía de la estancia se aprecia la fugaz mirada de alguna plañidera
que recoge con mal gesto los restos del velatorio, van de negro
riguroso, altas y enjutas, espaladas doloridas de las muchas noches de
muerto que llevan, de noches de dolor y acompañamiento.
La
música dejo de sonar hace mucho, ya nada importaba, el tiempo se había
consumido y solo quedaba esperar, sabia que no llegaría ella con su
guadaña, un solo gesto de una pequeña tijera rompería toda una vida en
amarillo y negro que había sido creada a modo de todos sus hermanos,
hermanos que después de generaciones perdidos en cajones se lustraban
para recibir a los nuevos parientes. Estos llegaban tristes y ojerosos,
sabían que nunca mas volverían a colgar señoriales en los bastidores
donde habían sido creados, ya nunca mas verían el sol desde el patio
interior, nadie se deleitaría con su lento crecimiento, con sus pétalos
colgando, con sus flores abiertas a la espera de que algún insecto las
polinice.
Ya todo terminado; inútilmente amontonado y
terriblemente vejado quedaba el pasillo de las ilusiones, allí solo
había cajas vacías trozos de ilusiones perdidas y alguna huella del paso
lento pero inexorable de una etapa perdida, quemada inútilmente.
Ya nada importaba, el tiempo se había parado, el reloj dejo de vaciar
su arena hacia muchas jornadas para sumarse al silencioso y demoledor
panorama.
Ya no importaba nada otro curso dejaba la Escuela,
otra promoción perdida en el limbo de los creadores. Pero ellos, los
guardianes permanecerían apostados, esperando nuevas batallas, nuevas
metas y nueva sangre que verter.
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