Era temprano, aún no entraban los primeros rayos de luz por la
ventana, había dormido bien, pues hacia cuatro días de mi abandono del
taller de tapices y tejidos, solo me faltaban ocho o diez clases y había
terminado casi todos los trabajos. No me importaba, casi nadie llegaría
a hacerlo, pero yo me sentía feliz, allí quedaron mis 2,50 m.X 1,75m.
de tejido artístico, lo había regalado a una compañera, no quería nada
que me recordara aquello.
Estaba recreándome mirando una
pequeña luna que tenía colgada enfrente de mi cama, llevaba allí un par
de meses para recordarme que tenia que inspirarme en ella para realizar
un proyecto de libro de artista para mi amiga mexicana Dina Eugenia, esa
luna era un cuarto creciente que se iluminaba en la oscuridad, dándome
animo para encarar la tarea que me había impuesto, que era la de crear
ocho astros para repartirlas por todo el mundo y empezar a recompensar
las maravillas que había recibido en los últimos tiempos.
A
las siete de la mañana como siempre, me levanté, encendí el ordenador,
me dispuse a asearme y encendí el fuego para calentar el agua para mi
primer té de la mañana, y el mejor con diferencia casi siempre. Me
dispuse a leer e interpretar las ultimas noticias acaecidas en el mundo,
los cambios de divisa, mirar el Globex, los cierres asiáticos, en fin
lo normal en estos casos.
Se acercaba la preapertura de los
mercados europeos. Ya se movía de manera menos errática el cambio del €
contra las demás monedas, y las materias primas me dejaban entrever el
signo de los primeros cambios del día. Todo normal, el broker abierto,
esperando para dar la orden lo mas cercana posible a primer cambio de la
mañana. Siempre me ha gustado entrar al primer precio, el signo me da
igual, nunca me ha importado estar corto o largo en el mercado, lo
importante es estar (es una posición absurda, pero...).
Ya no
recuerdo si entré, si salí o me quedé en el mercado ese día, lo que si
recuerdo es que la luna, esa enorme y luminosa luna que me había
acompañado durante unos pocos meses volvía a mis manos, era una luna de
Valencia. Pero… ¡no! Del Levante español solo era el sobre, dentro había
una sorpresa, la sorpresa que me había preparado mi amiga Albertina
Tafolla desde México. Eran 5 magníficas lunas, lunas blancas, azules,
lunas perforadas y luminosas, lunas perdidas, estaban fuera de sus
orbitas, lunas atrapadas en suaves mallas de fino hilo, lunas engarzadas
y pareadas en bonitos encajes de macramé.
Maravillosas lunas
me he encontrado en mi casa, magníficamente enmarcadas en un cielo azul
intenso, en unas telas que me recuerdan mi libro de notas del bachiller,
libro que aún conservo, en el que están distribuidas mis luces y
sombras, dichas y desdichas de años perdidos en las profundidades del
mar.
Dentro de ese contenedor de arte estaban distribuidas
hábilmente en los confines del espacio mis lunas. Lunas que acompañaran a
las que ya me han llegado y las que quedan por llegar y que con su
brillo iluminarán mis amaneceres mientras espero el toque de la campana
del mercado de valores, mi toque de corneta, de “generala”.
Muchas gracias amiga por tan precioso regalo, esas puntadas con hilo;
también es importante dar puntadas con hilo, me recuerdan que es
importante tener amarradas las cosas, que todo fluye, pero no pasa nada
por tener al menos un pie sobre la tierra, sobre la arena aunque esta
sea un poco movediza.
Espero y deseo que la reflexión sobre tu obra sea de tu agrado y de quien la lea.
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