A ambos lados de la fachada principal de la catedral de
Granada debían levantarse sendas torres de las cuales una quedó en
proyecto y la otra sin terminar. El basamento de ésta es de la época de
Diego de Siloé; Juan de Maeda llevó a cabo lo restante del primer cuerpo
entre 1564 y 1569;
La torre de la catedral de la Encarnación consta de tres
cuerpos: el primero tiene pilastrones con hornacinas, grandes arcos y
entablamento de orden dórico. El segundo es jónico, con dobles pilastras
y otros arcos dentro de los cuales se ven portaditas sencillas; y el
tercer cuerpo ostenta columnas corintias, entre las cuales se dispone un
amplio arco de medio punto que cobija un triple hueco para las
campanas. La sobriedad de sus elementos y el empleo de soluciones
puramente arquitectónicas para decorarla denotan la avanzada fase de
nuestro Renacimiento en que se efectuó la construcción.
Todos las tardes oigo el tañir de las campanas de la torre de mi
catedral, todas las tardes a la misma hora desde hace cuatro días sin
faltar ni uno, siempre sentado en el suelo, mi mirada fija en esa mole
de piedra, majestuosa y fría, ella a su vez me envuelve en su sombra, en
su silencio en su paz sobre la plaza de las Pasiegas. Ella que con sus
dieciséis campanas dispuestas en dos plantas, me insta a plagiar su
belleza anacrónica en mi cuaderno de dibujo, ella que aún sin terminar
me deja absorto y sin energías varias horas mientras voy esbozando,
redistribuyendo y ensuciando mi hoja de cálculo en forma de líneas y
sombras.
Esta Encarnación me tiene cautivo estas últimas tardes y durante
muchas más hasta que pueda reconstruir lo deshecho el día anterior, lo
borrado con mis manos, con mi sudor, con el dolor de la obra inacabada
por la desgracia de no saber interpretar el arte.
Tarde tras tarde vuelvo a sentarme en el mismo lugar, a la misma
hora, con mis cinco sentidos clavados en la piedra, en los arcos, en sus
maravillosos frisos, en sus estáticas columnas intentando descifrar el
maleficio que hace que mis líneas de fuga nuevamente hallan hecho honor
a su nombre y a mi vuelta ya nos estén en su lugar de origen.
Cuando me levanto del suelo con mi pantalón mojado de sudor, con
mi camiseta empapada y ya recompuesta mi sonrisa, guardo mis lápices,
cierro despacito mi cuaderno, intento ver algo más, pero me doy cuenta
que no hay nada más, la plaza se va vaciando lentamente y que todo
volverá a comenzar mañana. Yo volveré despacio, con mi pantalón limpio y
seco y todo volverá a comenzar.
Al llegar a casa, me doy cuenta que estaba equivocado, ese día sí
hubo algo más, al parecer, se había venido conmigo una de las dieciséis
campanas de mi torre, un trozo de la catedral me había acompañado a mi
casa, pero no era solo el sonido del duro metal al ser golpeado con el
martillos electrificado lo que me había traído al barrio Fígares. Era
una verdadera campana, que colgaba de unos maravillosos hilos de oro
pintados con lapislázuli. Era muy grácil, parecía liviana y venia
envuelta en maravillosos tejidos de ultramar, era una obra migrada desde
México.
Albertina Tafolla había dejado sutilmente en mi buzón su obra, una
maravillosa filigrana tejida, era una campana de mi catedral, era un
trozo de aire envuelto en finas gasas, era un maravilloso vestidito de
organdí que traía un mensaje “Migro para conocer el mundo a través del
otro”.
Muchas gracias amiga por tan bonito entrañable y artístico libro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
ESTE BLOG PASA A LA SIGUIENTE DIRECCIÓN http://1960juanas.blogspot.com.es/