Me encontraba a unos metros bajo tierra, ofuscado, el aire era
denso y muy húmedo, me era muy difícil respirar, intentaba meter el
ticket del tren en la máquina validadora para que se abriera el torno y
poder pasar, era imposible no entraba de ninguna de las maneras, me
sentía agobiado observado e inútil. Una vez que lo hube conseguido me
sentí feliz hasta comprobar que mi mujer llevaba ya unos minutos en el
otro lado observándome y con cara risueña, “siempre te pasa igual” me
dijo, ya esto con sorna, “siempre quieres introducirlo por el orificio
de salida”.
Una vez cómodamente instalados en el andén de la
estación del tren de Torremolinos, nos dispusimos a esperarlo, queríamos
ir a la ciudad y como siempre visitar el museo de Arte Contemporáneo
CAC. Llevábamos ya unos días en el pueblo y nos apetecía cambiar de
aires, sobre todo yo debía de hacerlo, llevaba una gran resaca, pues la
noche anterior había estado en la bodega La Campana como todas las
mañanas y tardes de los días en que estábamos allí. Ya hacia años que no
tomaba baños de sol por mi pobre y delicada cara. Esa pasada noche en
la bodega inaugurada en el año 1957 tomé unos cuantos pintados (vino
Pedro Ximénez mezclado con solera) y mi estado era lamentable al llegar
al hotel, cosa natural cuando estaba de vacaciones en la preciosa villa.
Torremolinos es un municipio español situado en la provincia de
Málaga, en la costa mediterránea de la comunidad autónoma de Andalucía.
Está integrado en la comarca de la Costa del Sol Occidental, la
mancomunidad de municipios del mismo nombre y el área metropolitana de
Málaga. Provincia limítrofe de Granada.
Ya en la estación, en la
semioscuridad que reinaba y el ambiente aún mas cargado, los olores
indescriptibles y nauseabundos invadían mi maltrecha pituitaria hiriendo
mi dolorido y dañado cerebro, pude observar el deambular de pasajeros,
la diversidad era divertida, o al menos a mi me lo parecía, muchos
turistas cámara en mano, morenos, achicharrados por el sol, junto a
camareros con tez blanquecina, aceitunada otros, sus camisas de un
blanco impoluto, y sus miradas perdidas en el fondo de la cueva del
tren.
Llegó pronto el tren, ya no vi a ninguno de mis vecinos de
asiento, por supuesto los más observados que habían sido los de enfrente
se quedaron en la estación, pues iban en sentido contrario, dirección
Mijas. Nos sentamos y rápidamente inicio la marcha el convoy, un suave
traqueteo primero, para pasar a un duro movimiento unido a un atronador
sonido que repiqueteaba de nuevo en mi cabeza. Dios pensé debí de
tomarme algo para mi jaqueca.
Se sentaron pasajeros cerca, eran
distintos, no los había visto, eran raros, bueno tampoco raros, parecían
extranjeros, miré y remiré, me empapé de sus rasgos, movimientos y
charlas, unas cortas y otras mas largas, pero todas ellas seguidas de
risas. También había un poco más allá unos muchachos que se contaban
historias y otros que escuchaban música.
Llegaba mas gente en
cada estación dejando paso a los que se marchaban. Parecía un
hormiguero, un deambular de objetos de seres inanimados. Con alguno
jugué a las adivinanzas, ¿quien es?, ¿a que se dedicará?, me interesaban
en especial los retazos de conversaciones de la gente, sus miradas
furtivas, sus andares, sus expresiones, todos eran distintos e iguales.
Me divertía aquel juego, me dejaba llevar y me olvidaba de mi estado.
Después de largo rato de observación me fijé en un poste de la luz o de
teléfono, no lo recuerdo muy bien, este no se movía, o si lo hacía,
este era muy despacio, en cambio otros pasaban a una velocidad
desmesurada, era incapaz de distinguir su silueta, su forma. Me sentí un
poco extraño, me envolvió un halo de tristeza de soledad y eso que
estaba junto a mi Conchi. Pensé que ese momento tan usual, tan normal en
nuestras vidas podía ser interpretado desde otro punto de vista, desde
un espacio diferente.
El vagón era nuestro entorno mas cercano,
podíamos vernos e incluso tocarnos todos, hablar o reír, era la
realidad, la vida diaria, una instantánea de cualquier momento de
nuestras vidas. Pero luego había un poste fijo, unas montañas, nubes y
cuanto va dejando el tren en su estela, eso no era más que un recuerdo
que dejábamos atrás, lenta pero inexorablemente. Realmente no era más
que un “fractal”, un pequeño trozo de la cotidianeidad que nos envuelve.
Personas que pasan por nuestras vidas a velocidad de vértigo, otras
están a nuestro lado, pequeños recuerdos pasan por la ventanilla de
nuestro vagón, otras perduran un tiempo mas largo, algunas paradas mas,
pero al final también se bajaran, el tren se iba quedando vacío, pero en
esta ocasión nos bajamos los dos juntos, íbamos cogidos de la mano y
nos dirigíamos sigilosamente, casi con veneración hacia ese templo del
arte. Sabíamos que no siempre nos bajaríamos juntos, el tren para en
todas las estaciones, el tren no descansa nunca, pero los viajeros se
van turnando, van cambiando, van envejeciendo para dejar paso a los
próximos.
El tren nos lleva y nos trae, nos aleja y nos acerca,
nos une para finalmente dejarnos, pero todos queremos estar dentro,
queremos formar parte del pasaje para poder seguir conociendo nuevos
paisajes aunque ya no nos interesen demasiado.
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