Me había levantado como siempre a las
siete de la mañana, leído la prensa generalista y económica del día, las
reseñas más importantes para hoy, un día
después de la nacionalización de YPF.
Estaba calentando agua en mi tetera para la
segunda infusión de la mañana (un litro), este quería tomarlo con cardamomo, me
encanta su sabor mezclado con el té negro, potente, sin azúcar, caliente
despejante y demoledor para mi estómago. Mientras llegaba a ebullición procedí
a poner música, pues ya eran las 8:55 de la mañana y como siempre desde hacia
muchos años escuchaba música clásica para animar mi jornada laboral. Es uno de
los mejores momentos del día, mi humeante te en la mesa y el mercado a punto de
abrir sus puertas, para que los feroces leones puedan saltar a la arena a
despedazar a todo cordero que osase pasar junto a ellos.
Había pasado una mala noche, llevaba ya
varias jornadas durmiendo mal, tenía problemas en la escuela, ya no me interesaba el arte textil según se impartía allí,
solo la inercia y el amor propia hacían que día a día pasara unas horas
encerrado en el taller, tejiendo para otros algo que ya no me interesaba, roces
que producían laceraciones en el alma, punzadas de agujas imaginarias, costuras
de hilos invisibles que se rompían, trozos de piel colgando como si fuéramos
serpientes en plena muda. Un paisaje desolador para todos. Cadáveres de
antiguos alumnos nos hablaban, susurraban sus tristes historias con sonrisas
desencajadas que dejaban ver el paso del tiempo entre sus encías, ya solo pendía
algún resto de sus antiguos dientes en sus bocas. Parecían animales que
hubieran estado enjaulados años entre las paredes de aquel antro antaño florido
y bello.
Ya todo es un antiguo recuerdo, había
pasado para mi el tiempo, el hombre mayor de la clase se había convertido en
una sombra que arrastraba sus cansados pies entre los telares, ya no creaba, había
dejado de sonreír hacia meses, pero seguía en clase día tras día, sin apenas
moverse, por supuesto sin preguntar nunca, haciendo lo que buenamente podía y
esperando que pasasen los días para poder dejar para siempre el lugar “Zen”
como lo definió el maestro de ceremonia el día de la inauguración de la cacería.
Día tras día amontonaba trabajo, día tras día
nos decía que nos resultaría imposible aprobar, día tras día nos infundía
miedo. Ya nada importaba en “el reino de lo vertical”. Ya todo estaba muerto y
enterrado.
La música a escuchar estaba preparada para
comenzar, era algo de Mozart, magnífico pensé, ya solo falta esperar el toque
de la campana virtual de la Bolsa de Madrid para ver los primeros cambios del
mercado. En la preapertura se observaba que bajaría algo, pero como siempre el
dato era muy sesgado y no me podía fiar de el, hacia muchos meses que el
volumen de las transacciones había bajado a la minima expresión, no había
profundidad de mercado y solo algunos traders y las mesas de los bancos que movían
sus propias acciones hacían acto de presencia en el cruce de ordenes, solo
algunas decenas de miles se podían ver en la apertura en el mejor de los casos.
Junto a mi mesa de trabajo se encuentran
CDs antiguos, algunos de programas y aplicaciones obsoletas y uno de música que
no puede reconocer el lector MP3 que uso normalmente. Veo que asoma una cajita
mas pequeña, mas bien era como si se tratase de un mini CD, eso me extrañó,
puesto que nunca he tenido en mis manos uno, así que me apresuré a tomarlo para
ver de que se trataba, además algo curioso me llamo la atención, pues colgaba
de un hilo una pequeña estampita, parecía que fuera un escapulario, eso ya me parecía
mas que imposible. En ese momento recordé a mi tía política Conchita, bonitos
recuerdos de ella me acompañan siempre, pues en una caja de costura de lata,
negra, con decoraciones chinas del peor gusto que regalaba Cola Cao muchos años
atrás había unos pequeños escapularios que llevaba la gente en la guerra
(guerra civil española) para protegerse de las balas y su nombre era “detente”.
Imposible de los imposibles, eso si que no podía ser, aunque conservo algunas
cositas maravillosas de esa caja nunca quise una pequeña estampita de aquellas.
Ya sin mas dilación y con esa cajita en
mis manos pude ver que lo que colgaba nada tenia que ver con santos ni
vírgenes, era mas mundano era el cartoncito de un paquetito de té que nunca había
visto, La Virginia se llamaba, letras blancas sobre fondo rojo y una pequeña
coronita sobre la “V”, en la parte trasera estaba la leyenda, muy bonita, en esta
y decía: té con sabor FRUTILLA. Que simpático pensé, yo que tomaba esa infusión
desde hacia muchísimos años no conocía esa forma tan bonita de tomarlo.
Al abrir el estuche ya encontré la
respuesta al enigma, era música si, pero música escrita, estaba en papel
pautado sobre fondo negro, era una gran mancha redonda donde descansaban las
notas musicales, las cuales suavemente entonaban una melodía, nunca fui capaz
de aprender música y por eso me la habían traducido, aquello era” un plato
lleno de semillas oscuras”. Me encontraba frente a una poesía visual, era un
librito hábilmente realizado para que lo encontrara entre mis cosas, entre mis
libros. Esta preciosidad portaba en su interior el alma de Marcela Peral que
desde Argentina y en forma de collage, me dejaba un poema de Hugo Padeletti.
Desde Rosario y con un mensaje de PAZ viajo por medio mundo para dejarse caer
en mis manos y poder descansar para siempre. Este ejemplar que toco y huelo me hace sentir
de cerca su aura.
Maravillosa obra de nuestra amiga que
guardare con mucha dulzura junto al resto de sus pequeños compañeros.
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