Fue como un rayo, un gran relámpago que me cegó, quedo todo
iluminado, haciéndose el día sin mi precioso amanecer que tanto anhelaba, pero
pronto me percate de mi error, ésa luz cegadora correspondía a un gran cataclismo,
pues segundos después oí el atronador rugido de las entrañas de la tierra, el
estremecedor sonido del dragón que duerme placidamente en el corazón de nuestro
planeta, era la tragedia que escondía la noche estrellada y esplendida que
disfrutaba yo después de una larga cena conversando con todos mis amigos. Porque
ese día conseguí reunirlos a todos.
Había demasiados incluso diría yo, ¿como
era posible que cupiera tanta gente en aquella estancia mitad al aire libre
mitad protegida por un enorme y desvencijado toldo que antaño fuera de listas y
que ya lucia pardo, incluso blanco donde ya los hilachos colgaban y se dejaban
mecer por la suave brisa que en aquel preciso instante dejo de soplar.
Me quede helado, incluso tenia esa
sensación de vacío de soledad que últimamente me asaltaba y no me dejaba
concentrar en las tareas cotidianas de un hombre de mi edad.
Aquella muchedumbre que parecía absorta en
sus cuitas, no presto atención a ese cúmulo de sucesos encadenados que estaban
ocurriendo a nuestro alrededor, sobre nuestras cabezas, bajo nuestros pies, era
extraño, parecía que solo yo estuviera vivo, ellos parecían quietos muy quietos
para la cantidad de alcohol que habíamos ingerido desde ya muy temprano y que había
causado ya algún altercado entre ellos, pues la diversidad era tan grande que
cualquier charla por banal que fuera desencadenaba tal cantidad de opiniones y
grupos de debate que terminaba mal, incluso hubo algún conato de pelea mas allá
de lo puramente argumental, pero sin que llegara a mayores.
La temperatura bajo muchísimo de golpe,
aquello si que me extraño muchísimo, pues si estábamos viviendo algún tipo de
cataclismo, lo normal es que sintiera
calor por el incendio que debía de haber muy cerca y que podía ver y sentir
desde mi sillón junto a la mesa de las bebidas.
Después de unos minutos en la misma
posición esperando algunas reacción de los asistentes, pude comprobar con gran
estupor, incluso con miedo, que nada había cambiado, todo seguía igual parecía
que estaba viviendo dos realidades, y digo realidades, no lo que acostumbro a
vivir, ya sabéis mi mundo interior y algunas veces incluso el exterior. Esta
vez eran dos realidades superpuestas en la que yo estaba presente en cada una
de ellas, con la salvedad de que realmente mis amigos estaban ordenadamente
según el juego del ajedrez, mas bien según alguna estudiada estrategia que debí
haber usado con ellos y que ahora recreaban para mi, con sus ropas medievales y
sus caras, bueno sus caras ahora que me fijo son blancas, un blanco marmóreo y
en sus cuencas vacías no había ojos, solo oquedades oscuras tristes y
malolientes oquedades. Aquello empezaba a inquietarme, ya solo quería aferrarme a la otra realidad que aun estaba
viviendo y que parecía que quería desparecer, esa realidad era…. despareció,
realmente ya no estaba, y lo peor era que no podía recordar que había en ella,
me la habían quitado y borrado de mi mente, ya todo estaba iluminado de un rojo
intenso y el calor de mí alrededor me dolía al penetrar en mi frío e inerte
cuerpo. Entonces comprendí lo que estaba pasando realmente.
Mis amigos habían dejado de serlo después
de cada partida del juego absurdo de mi vida, después de perseguir al rey sin
poder matarlo con hábiles jugadas, después de no conseguir otra victoria que
pudiera darme la satisfacción del vencedor.
Ya estaba todo claro, esa era el último
jaque mate al que me enfrentaba y acababa de ser vencido por un puñado de
amigos inertes fríos y muertos. Ya podíamos jugar nuevamente una nueva partida,
muchas más partidas en la que seriamos las figuras blancas y frías del juego.
Rafael Araujo en su
librito naturaleza muerta en su juego serigráfico de formas infinitas y
tridimensionales me ha subyugado hasta hacer visible nuevamente el lugar en que
me encuentro, que nos encontramos respecto al todo. Un sentimiento que nos
invade una y mil veces en el espacio tan corto de la vida y que inútilmente
agarramos como si en ello nos fuera algo importante, pero que realmente es tan
efímero que nos resulta incomprensible y nos hace ser insignificantes piezas de
nuestro propio ajedrez y de la partida en la que no sabemos que finalmente
cuando nos coman el rey, comprenderemos que esa pieza tan importante éramos
nosotros mismos.
Te felicito y te agradezco que hayas
compartido conmigo tantas emociones en tan poco espacio. Un fuerte abrazo
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